miércoles, 24 de junio de 2015

El apocalipsis albóndiga (The meatball apocalypse) - 1


Día de la Croqueta. Día 0

Existen acontecimientos en la historia cuya trascendencia marca el fin de una época y el principio de otra. Las diferencias entre esas épocas, si una fue mejor que otra, o el momento en que se produjo el cambio, son detalles que el tiempo y los especialistas se encargarán de juzgar.

Para mí, ese momento del cambio va a suceder hoy exactamente, martes 12 de julio de 2016, alrededor de las 10 de la noche. Mañana nada volverá a ser igual.

Así, con la solemnidad que merece la ocasión, he dispuesto sobre la mesa un práctico mantel individual color hueso, y encima, flanqueado por una simpática servilleta a la izquierda y un elegante tenedor a la derecha, un gran plato cerámico blanco de alegres motivos florales, en cuyo centro, iluminada por el titileo de dos preciosas velas, luce solitaria la última croqueta de pollo que preparó mi madre.

Escasamente dos bocados. El primero explota en mi boca y dejo que los sabores me inunden lentamente, transportándome hasta recuerdos felices de la infancia: Ese verano en que aprendí a nadar, en las playas de Torredembarra, siempre una hora después de comer las deliciosas croquetas; La sonrisa orgullosa de mi madre cada vez que sacaba un excelente, fiel sinónimo de "para cenar, croquetas"; El primer beso adolescente, ¿croquetas?, insondables misterios del subconsciente. El segundo bocado discurre por derroteros mucho más nostálgicos, empañando mis ojos: Las últimas charlas con la abuela, antes de que el cáncer la consumiera por completo, tratando de explicarme el viejo secreto familiar de la masa de croquetas; Los amigos y seres queridos que quizás no vuelva a ver, siempre alrededor de una mesa bien surtida, comiendo y bebiendo despreocupadamente.

Mi experiencia casi mística finaliza abruptamente cuando mi rugiente estómago protesta reclamando más enjundia. A buen seguro mi padre, siempre muy pragmático, aprovecharía para citar el refranero: "Desayunar como un rey, comer como un príncipe y cenar como un mendigo". De no ser por mi despensa completamente vacía, y la poco halagüeña previsión sobre su posible restitución, incluso lo daría por bueno.

Pero mejor os explico cómo empezó todo.

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